Panorama de la gráfica y la plástica urbana en Caracas.
Artículo para el proyecto Abiven, Anuario de la República Bolivariana de Venezuela 2009.

En una reconocida escuela de Artes visuales de Caracas se propuso una actividad que permitiera involucrar a los estudiantes con la comunidad: escultores intervendrían la calle con sus piezas, o sus piezas nacerían de la calle. Los estudiantes de pintura, a su vez, dotarían de arte a paredes que antaño aburrían de soledad al barrio. Pero una vez en la calle, allí donde las cosas son más reales que en cualquier otro lugar, empezaron los problemas: los estudiantes echaron mano de los sprays, con la consiguiente rabieta de maestros y enterados: rebajar lo aprendido en favor de furtivas modas callejeras, cuando no era eso, no, lo que se quería. Y nacía así la sana flama de la discusión dentro del gremio plástico: cuál es nuestro lugar en el mundo, o cuando menos en la calle, y qué ocurre que la Pintura no parece bastar a los jóvencísimos pintores para hacer acto de presencia en las calles de nuestra Caracas.
Es tan viejo como la Historia el impulso de intervenir el espacio vital, público o privado, que nos ha tocado habitar. Al dejar una marca nos hacemos simbólicamente con el entorno que nos rodea. Lo supieron muy bien los muralistas mexicanos, todos los que pintaron iglesias, Miguel Angel: la pared siempre ha sido el soporte primordial para la comunicación pública, directa y masiva, más aún cuando surge la necesidad de transportar ideas, ideologías o visiones del mundo. En un mundo sin medios de comunicación, los muralistas tenían en sus manos la tarea de proyectar valores sociales, históricos e ideológicos a sus pueblos, muchos de éstos hambrientos y analfabetos. No hay pared para la intimidad, no hay mural que no sea una propuesta didáctica, pedagógica.
Pero algo se escinde en la actualidad de Caracas: donde hubo pintores dispuestos a intervenir la calle, solo vemos grafiteros muy jóvenes afanando la ciudad con sus intentos.
Efectivamente, un incipiente movimiento graffer empieza a verse en la ciudad. Si bien el mural era una obra pública, el graffitti es más bien una performance pública: obra inmediata y efímera, importa tanto las circunstancias en que se produce como el resultado: dónde fue pintado por quiénes y bajo qué clase de presiones. Primera diferencia con el arte mural: el pintor legitimaba un espacio con una obra que dejaría representadas las palpitaciones de una época para la posteridad. El grafitero es un artista convertido en vándalo que arrebata porciones de cuidad para manifestar imágenes que los avatares urbanos eliminarán en cualquier momento. Es la inmediatez la marca del grafitero. En Caracas, que ha sufrido los embates de una criminal y vencida República que se permitió abatirlo todo, y de esas ruinas convertidas en espacio de difícil cotidianidad, el graffitti parecía una apuesta obligada a exportar de las grandes ciudades.
Fue la Revolución la que sin proponérselo permitió esta reaparición. Ya tuvimos una temporada grafitera en los años ochenta, pero entonces no contábamos con la severidad ideológica que nos han obsequiado estos últimos años. Ahora que todos nos hemos puesto de algún lado de la ideología, los jóvenes grafiteros no han podido sustraerse a esta realidad: los de la zona pudiente de la ciudad combaten por los espacios con los de sectores desfavorecidos. Aparte de esta guerra los grafiteros aún están en afán de consolidar una ideología propia para la ciudad. Hay mucho tag, mucho identificarse a rajatabla con el imaginario hip hop, mucho extravío con ganas de focalizarse. Sin embargo vamos en buen camino: Núcleos Endógenos como el Tiuna El Fuerte y algunos grafiteros oficiosos (el colectivo República del Oeste) se organizan y buscan darle forma y contenido a us propuestas. Se empieza a hablar de hacer para la comunidad, de no enajenarse al movimiento grafitero mal aprendido de revistas gringas, de encontrar el camino para hacerse útiles a sus comunidades. Nos han visitado grafiteros de fama internacional que han ayudado a hacer crecer el movimiento, los jóvenes organizados han sabido convertir sus afanes en talleres para los niños, en fiestas para los jóvenes, en aprendizaje para los barrios. Más aún, grupos culturales y de comunicación llevan a los grafiteros por caminos algo más complejos y así redimensionan las posibilidades de lo que se viene haciendo: Miranda, Bolívar en las calles convertidos en grffitti, es la apropiación de las juventudes urbanas de una pelea por cambiar el mundo que los incluye y les atañe: el graffitti en camino de convertirse en fuerza viva e incluso revolucionaria.
No diremos que no faltan años para que el graffitti nacional se convierta en un fenómeno propio y que al cabo del tiempo logremos reconocer nuestro vandalismo de colores en un fenómeno plenamente nuestro (como ocurre con los chicanos, con los españoles, etc).
Pero en el caso de que acabe por ocurrir y tengamos un graffitti nuevo, propio, que se parezca a nosotros y al lugar donde se origina, se habrán empezado a fundir los límites con el territorio del arte mural. Arte que, hay que decirlo, está ausente.
La propaganda política e institucional han castigado nuestras ciudades con una pésima actividad muralista. Allí donde hacía falta una valla publicitaria (acto masivo de comunicación) se optó por un mural (acto comunitario de comunicación), error estratégico e ideológico de grave alcance. Ronda por allí un proyecto de murales artísticos de la ciudad, con obras que no son más que ampliaciones en gres, muy baratos para el que paga y redituables para los artífices, que afanan abstracciones de títulos oportunistas, juegos geométicos llamados “Revolución y pueblo” o cosas así.
La pared es el catalizador entre un acto de comunicación y la comunidad que vive esa pared. Abrumar las paredes de propaganda enorme que ignora que la estética es fuerza útil para la habitabilidad de la ciudad, para descomprimir los corazones y los sentidos de la gente, y llenarnos de ejercicios en gres que nada nos dicen, que nunca miraremos, que nunca dialogarán con nosotros, no logra otra cosa que saturar de rojo y contrarojo, de caras y de letras mal pintadas, malhechas y matrechas. Ciudad de letras gigantescas, de baldosas de baño. Un solo mural (me atrevo a afirmar) en todo el país ha sido el gran regalo revolucionario: la Historia de Venezuela contada por Ian Pierce en la pared del Liceo Andrés Bello. Un servidor intentó apuntalar esta voluntad de comunicación con arte convertido en fuerza útil para el prójimo. Pero la situación no se trata de buenos o sanos intentos: el problema es la ausencia de pintores dispuestos a tomar para sí las paredes.
La discusión que refería al inicio es síntoma: ni los jóvenes imaginan ya que la pintura pueda servirles como herramienta de trabajo en la calle, ni los maestros se acuerdan ya de cómo hacerselos ver. El panorama de la pintura en general es nulo dentro de una nueva Venezuela que se plantea como fundamento para toda acción la participación de los colectivos, las comunidades, el pueblo. En un panorama como éste, los pintores desaparecen detrás de los caballetes, de los museos, de las galerías. Y quien se sentía tan ancho exponiendo en espacios del Este de la ciudad y apareciendo en revistas de tendencia, ve cómo su trabajo ahora carece de importancia, cómo se ha empequeñecido, ridiculizado ante el ambate de las fuerzas culturales que al fin emergen desde los sectores populares.
Menos aún habrá entonces artistas del mural. Si, a diferencia de los cineastas, que con mayor o menor fortuna se han agremiado y plantado cara a la actualidad de su mundo, los pintores no cierran filas públicamente en favor de una causa común (el hacerse ver y lograr participar en el destino del país desde la perspectiva de su arte y profesión). De este modo, tampoco aparece quien blanda los pinceles para arrebatar paredes a la omnipresente propaganda y al muralismo oportunista.
Muy bueno es que los grafiteros tengan el apoyo material y en ocasiones institucional que reciben de la Alcaldía Mayor o el MAO. Si estos jóvenes logran madurar sus intenciones y objetivos podrán dar con una armada de artistas de calle que sepan dialogar con sus comunidades y aportar ideas, vida, mundo, esperanzas, sabiduría y salud visual a una ciudad y a un país que tanto necesitan de todo ello. Que hablen con los vecinos que habitan esos muros, que conozcan las necesidades del barrio y a quienes pueblan la plaza, la cancha de basket, la esquina, el colegio. Mientras sean los únicos artistas visuales que se atrevan a echarse a la calle con ganas de aprender de ella, que cuenten con nuestra amistad y nuestro apoyo.

Agradecimientos a Gregory Maitrier y Kael Abello (nuevamente) por su colaboración.

Publicado por la revista Diacrítica, Venezuela, 2008.

Hubo un tiempo en que el pensamiento colectivo se veía determinado desde el espacio público. Paredes, muros, consistorios, templos, foros, plazas, los espacios de encuentro de las comunidades. Ya las primeras obras murales relatan cacerías y dan notas de alimentos y costumbres: los nacientes seres humanos gestando sociedad. Los templos del mundo representaron en sus paredes los relatos y dioses fundacionales. Luego vino la expansión y dioses de otras tierras pisaron plazas ajenas. Cuenta Monsiváis cómo los indios vencidos, enseñados en los oficios artesanales, curtían de indianismo los rasgos de la Virgen en paredes y tapices, y que los frailes lo dejaban pasar porque una licencia barbarizante era mejor que meterles la cultura invasora a sangre y fuego. Ellos nos trajeron a María y nosotros le devolvimos la Guadalupe, y así empezó otra forma de Cultura: el sincretismo naciente de una nueva América.
Hoy en día tenemos Medios de Comunicación, una afinación al grado monstruoso de la determinación del pensamiento colectivo. En la lucha por el desarrollo de una nueva visión del mundo, uno de los frentes más feroces es, lo sabemos, el de la Comunicación. Enajenados de la participación política, desprestigiados y a la deriva, los militantes del Control han encontrado un bastión muy poderoso en el uso maquiavélico y deliberado de la Información como herramienta de penetración en los hogares y la cotidianidad. Pronto lo entendió Riefensthalt, lo aprovechó hitler y lo denunció Adorno, pero en nuestro país aprendimos en la carne la perversión sin límites de los Medios y sus dueños. En este terreno los combates son encarnizados y, hay que decirlo, hemos sabido contestar con dispareja fortuna.
Mientras tanto, en las paredes de Caracas se libra otra suerte de batalla. O debería librarse, puesto que de momento no la hemos usado más que como un sucedáneo de las Medios, que son hábiles como nadie a la hora de incidir en la colectividad penetrando en las individualidades (esto es algo que va en proceso de afinación y crecimiento), y contra eso poco queda por hacer fuera del espacio mediático mismo. Es decir, que solo podremos vencer a los Medios con las herramientas de los Medios, porque nada parece haber más poderoso que los Medios.
¿Qué puede quedar, entonces, en la pared de un barrio, o en la antesala de un ministerio, o en la sala de espera de un ambulatorio o la entrada de una escuela? Pues precisamente la recuperación del valor de la comunidad y de la celebración de una identidad colectiva. Por contradictorio que pueda parecer, es en los espacios públicos donde aún conseguiremos repoblar de contenido nuestros caseríos y sortear el bombardeo ideológico que invade la intimidad de los hogares. Es en la calle donde se libra la batalla social, donde se enarbola el pensamiento y la conciencia de una comunidad. Es el espacio del triunfo revolucionario sobre el discurso mediático, un espacio de perpetua creación y participación, espacio salvaje que se destruye y se recrea, que no respeta limitaciones ni lejanas leyes. La calle es su propio catalizador: el 13 de Abril venció a los televisores.
Con precaria valentía algunos muros han sido vindicados por los artistas para afirmar en ellos cuanto pueda otorgar el Arte a favor del mundo que queremos. Más aún, y esto es privilegio de las disciplinas creadoras, es el Arte en la calle el que puede dar cuenta de la sensibilidad ideológica, humana, y social que ha alimentado el aguante revolucionario de nuestra población, una sensibilidad que no es representable por las hablas de la política ni los cuentos mediáticos. Se trata de representar el componente humano que da vida a una ideología, a través de las cotidianas luchas, del sentir vivo en el interior de las personas. Son los artistas los que pueden entregar a la comunidad un retrato de su propio ser.
En el caso concreto de la pintura mural en Venezuela, convertir las paredes en soporte para la creación de un arte que quiera hablar desde la sociedad para la sociedad, es una labor que se ha venido haciendo y que sin embargo, puede desarrollarse de un modo infinitamente más articulado que en la actualidad (en otros tiempos, cuando los medios de masas no blandían su actual omnipresencia, muralistas de otras tierras (las aztecas) devolvieron a un pueblo hundido en el hambre y el analfabetismo una Historia de sí mismos, un orgullo y un horizonte. Diagramaron la ideología, defendieron valores y aún así no blandieron panfleto sino uno de los capítulos más importantes del arte comprometido consigo mismo y con sus gentes).
Es necesario el desarrollo de un proyecto enarbolado por muchos artistas, por todos los artistas, los de Taller y los graffers, los académicos y los populares, los de caballete de oro y los de abajo del puente, y crear entre todos un arte para las calles de nuestras ciudades, artes que permitan la recreación del hecho artístico para las comunidades y con el apoyo de las mismas. Que el artista se convierta en creador y facilitador, que los niños del caserío pinten con él sus paredes, que los vecinos conozcan y apoyen lo que se hará en las paredes que les pertenecen. Hace más de un año, en una calle de El Valle, un grupo de estudiantes de la Bolivariana, con apoyo del Núcleo Endógeno Tiuna El Fuerte realizábamos un mural que colindaba con un Barrio Adentro. Un vecino nos dijo: “en esta esquina habían matado a un tipo, esa era la esquina del muerto. Ahora será la esquina del mural”. Cambiar muertos por pinturas, un hermoso comienzo.
Pero es poco. El alcance de nuestras ambiciones debería no solo ser del tamaño de la Revolución que apoyamos, sino de las dimensiones que nuestro arte puede atisbar. La Capilla Sixtina relata el origen del mundo según las Escrituras. En general todas las culturas han echado mano de sus paredes para explicar los orígenes de sus mundos. Edificar obras visuales de portentosas dimensiones ha tenido siempre un objetivo político y social importante, y como tal, no era gratuito para el papado de la época que el artista más portentoso de su tiempo efectuara una obra de calado ideológico tan penetrante. Y sin embargo, Miguel Angel opera una revolución que trasciende el encargo: el cuerpo humano, material, contundente, rotundo, es el centro y el triunfo de toda Creación, de toda Verdad y de toda Belleza: es la obra suprema. Su mural es una Cumbre descomunal e incluso desaforada del pensamiento renacentista. El Papa ordena intervenir la obra, tapando las vergüenzas de Cristo y los demás santos, aduciendo asuntos de moralina. Sin embargo cuesta evadir la suspicacia de que quizás el papado temiera esos cuerpos que parecían liberar todo su poderío y potencia 8hasta ese tiempo inéditas), una imagen del Hombre que podría librarse de todo yugo si se le permitía volar tan alto.
Cinco siglos después, en nuestro continente aborigen, los mentados mexicanos prodigaron otro capítulo enorme, haciendo con sus obras una triple operación: trajeron de vuelta la Historia anterior a la Conquista (Quetzalcoatl recuperó sus dominios diezmados por dioses foráneos), representaron las propuestas marxistas (allí donde el analfabetismo cundía, triunfaron las imágenes), y blandieron el orgullo del Pueblo como ingrediente insustituible para sazonar la vuelta al Continente de la autoestima americana. Pero hicieron mucho más. En su mural acuático, Diego Rivera describe el nacimiento de la vida a partir del agua que brota de las manos de un ser superior, que viene a ser Dios lo mismo que una fuerza primordial del Universo (ya lo decía Octavio Paz: Rivera no era tanto “un materialista dialéctico como un materialista a secas”). La inteligencia social del pintor lo lleva a describir cómo esa agua que brota a chorros y crea todos los seres, incluidas las etnias de los hombres, acaba por desfallecer justo cuando tiene que llegar a mano de los pobres del mundo. El agua, fuerza natural de la vida, solo llega a sus manos mediada por el esfuerzo de los trabajadores y proletarios. Fuera del recinto, una fuente de la que brota el Dios azteca de la lluvia da la bienvenida a los paseantes. Rivera hace confluir en una sola obra todos los vértices de su visión del mundo: el origen de la vida proviene de una fuerza que trasciende toda explicación: el Cosmos mismo. Pero a partir de allí nace la vida biológica, las bacterias, los microbios, las ranas, los anfibios, los animales, y más grande que todo, los seres humanos (de nuevo el ser humano es el apogeo de la creación). Y de allí la injusticia que niega la vida a la propia vida. Los trabajadores arrebatando el agua a la escasez y devolviendola a los pobladores de la tierra (Ideas heredadas del Renacimiento imbuidas de marxismo). Y para rematar, da el muralista una vuelta de tuerca similar a la de sus oficiosos antepasados aztecas que le devolvieron a los frailes una María mulata: toda la obra está encabezada por la figura mitológica rescatada de los baúles de su propia historia. Rivera supo que el Hombre Nuevo sólo lo sería si encontrábamos la forma de encontrar nuestro sitio no solo en una sociedad más justa, sino en una sociedad que supiera encontrarse incluso en el orden natural de las fuerzas del Universo. Es la trascendencia de una visión más allá de todo socialismo, es un socialismo universalista, es el hombre encontrándose en su universo de un modo cabal y justo. El hombre renacentista que se encontraba con su Dios y se erigía en todo el orgullo de su tremebunda perfección, ahora lucha por la armonía con su historia, su cosmogonía, su sociedad, su mundo, su universo: la utopía.
Pero Rivera explicó su universo, un universo coronado por las figuras mitológicas de la historia que le correspondía. Nos falta a nosotros encontrarnos, cincuenta años después que él, para dejar la impronta visual del capítulo más nuevo en la historia por la liberación de nuestras tierras y nuestras gentes. Nos falta la ambición en nuestros muros: un ejercicio de recuperación plástica de esa parte de identidad que se remonta a nuestros confines indígenas y que sin embargo nos conecte con el aprendizaje del marxismo, del socialismo, del humanismo, etc. Que Kuai Mare campee con plena libertad entre los edificios que cubren las tierras de Guaicaipuro y que nos ayude a comprender nuestro propio mundo con una vislumbre que supere la mera militancia o corrección política. Una pared entregada a la explicación de una coyuntura que bien puede valer para las vallas de Vepaco es una pared perdida. Que los muros no solo contengan el tumulto de los barrios, que sean el soporte de visiones del mundo desde nosotros y para nosotros, que nos ayuden a entender las dimensiones humanas de un proyecto que debería trascender nuestra época y nuestra generación: del barrio al universo y del universo al barrio.
No permitamos que la humedad y la herrumbre acaben con la maravillosa Historia de Venezuela contada por Ian Pierce en la pared del Liceo Andrés Bello. No dejemos que los murales en serie acaben con la acción política del hacer mismo de una obra, no dejemos que los mosaicos de gres, tan caros de comprar pero tan baratos de mantener, hagan de nuestras ciudades unos lindos baños de Centro comercial, no dejemos que el oportunismo de artes abstractos nos vendan que dos cubos de colores son una apología a la luchas campesinas o sindicales. Potenciemos la actividad creadora de los niños y el cariño a sus comunidades, invitemos a los grafiteros a llenar de contenido sus bombas y tags, saquemos a los estudiantes de la Reverón y la Cristóbal Rojas a la calle, paguemos la atrasada deuda social de artistas que cambian sus piezas por un plato de comida ignorando que esa pieza luego valdrá 200 dólares en algún lugar de suelo brillante que él no conocerá jamás, paguemos también sus sueldos a profesores y a muralistas para que no esperen seis meses entre un brochazo y otro, entre una clase y otra, y así el apuro y el hambre no desinflen los ánimos y la motivación generales.Pero los artistas también nos debemos algo a nosotros mismos: adolecemos de la valentía infinita que hemos visto en otros artistas de otros tiempos y otras revoluciones. Adolecemos del aguante para agremiarnos como se debe y hacerles ver a las entidades la necesidad de un apoyo estructurado a unos proyectos sostenidos y sostenibles de nuestra parte. Adolecemos de la ambición de encontrar los puntos más lejanos de nuestras ideologías, de meternos en las peligrosas aguas del compromiso con lo que somos y hemos sido. Adolecemos de carácter para resucitar la utopía que nos han legado. Muy a mi pesar me incluyo en esta caterva de adolescentes.

Agradecimientos a Sonia Contreras y Kael Abello.


 

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